 |
Rafael Saura
Vencer sin convencer
El personal civil de las diversas organizaciones occidentales
está procediendo a evacuar el suelo iraquí ante la incapacidad
de las fuerzas de ocupación de garantizar en aquel país
la seguridad de nadie. La guerra - es evidente - se encuentra muy lejos
de haber terminado.
¿Que más tiene que ocurrir para que el señor Aznar
y los que siguen pensando como él se den cuenta de que jamás,
en ninguna parte, es posible vencer sin convencer?.
Durante la infancia y especialmente a lo largo de la adolescencia, la
gran mayoría de las personas aprenden que no es posible convencer
a nadie mediante el uso de la fuerza. Una experiencia temprana que al
parecer no han adquirido los individuos que nos gobiernan.
La humillaciones infligidas mediante el empleo de cualquier tipo de superioridad
sólo generan rencor y deseos de venganza entre quienes las sufren;
resentimientos que no son otra cosa que bombas de relojería revanchista
que esperan el momento propicio para explotar en la cara de quien, a través
del uso del poder que sea, parece haber vencido en primera instancia.
La guerra de la Independencia española contra los franceses fue
un buen ejemplo del odio y rechazo al invasor, a pesar de que éste
justificase su presencia en nuestro suelo con las ideas de «libertad,
igualdad y fraternidad» frente al absolutismo imperante en aquella
época.
La pretensión de someter a los demás por su propio bien
parece propia de hombres de otra época. Sumisión o represión
fue la máxima que presidió a los inquisidores, convencidos
de que la disidencia era moralmente inaceptable.
Ningún pueblo -nadie en realidad- acepta las bofetadas de otro;
especialmente cuando ese otro, carece de autoridad moral para presentarse
como depositario de la justicia.
Y, por favor, no me vengan una y otra vez con el argumento del terrorismo.
El fenómeno que dio lugar a la barbaridad del 11 de septiembre
no va a desaparecer encabronando más y más a aquellos que
lo propiciaron. Si tiene alguna posibilidad de ser combatido ésta
ha de pasar por la conciliación del mundo occidental con el árabe;
una conciliación que implicaría un rearme moral, justicia
y honradez por nuestra parte: como mínimo, justicia con el pueblo
palestino, y abandono de las abusivas políticas de depredación
de los recursos materiales y humanos del llamado tercer mundo.
Rafael Saura
Novembro 2003
voltar
|