Y oyó mi grito el ojo de la aguja
y la estridencia de mi pecho
se espandió por vísceras de otros n tan lejanos...

Y el eco alado de mi aullido
traspasó fronteras,
heredó geografías
estalló en la boca de los hambrientos de tres años
y cosechó espigas, arcabuces y billetes usados...

No recogió flores
ni más que buenas intenciones
el ceguerón apagó toda luz en los corazones de hielo
que dormían el sueo de los cómplices anónimos...

Y heredó más tierra
sin agua, sin lecho, sin vida...

Aparcó el tren de los anoréxicos junto a los obesos
y no se percataron
que en medio había una hiócrita zanja
de hambre, de muerte
tan sólo percibida cuando chocaban en ella los trenes,
cuando la hambruna
sobrepasa el límite del egoísmo más cruel
y asoma entre las rendijas que le deja un noticiario...

Porque ese 80% de almas reventadas
viven a oscuras y condenadas
en la parte baja de Metrópolis más allá de nuestro jardín
pero no mucho más,
aquí donde se rinde culto a la belleza
más arriba de las zanjas...

Y mi grito quedó helado,
sordo, mudo, ahogado en un mar de cinismos
donde algún día su eco innombrable
desde un Sur nos juzgará sediento y hambriento
si no nos suicidamos como ellos antes
poniendo cercas, levantando muros a la miseria,
a nuestra propia vergüenza cómplice.

Xoán Lois Vázquez

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